En el principio... "El Principito" (Antoine de Saint-Exupéry)...
Debe ser el libro que más veces he leído. La primera de ellas, a los cinco años, en mis primeras vacaciones de invierno de colegio. Mi madre me regaló la clásica edición de Emecé, en pequeño formato (adecuado a mis pequeñas manos) como premio por mis notas. Aluciné con el elefante tragado por la boa, la amistad entre el niño y el zorro, los caprichos de la rosa y las estrellas que sabían reír. Pero lo que más me impresionó, fue la dedicatoria a León Werth "cuando era niño". Fue la primera vez que pensé en lo inevitable de crecer y transformarse en una de esas estúpidas "personas mayores". Y no me gustó.
Lo releí en voz alta cuando esperaba a mi hija y lo menciono siempre que descubro a alguna persona que puede convertirse en un nuevo amigo.
De esa misma época recuerdo "El niño llorón" (J.L García Sánchez y M.A. Pacheco), de gran formato y bellas ilustraciones. De la editorial española Altea, en su línea Benjamín, relataba cómo un pequeño niño, de camping con sus padres, lloraba la noche entera sin ser escuchado por ellos. Los animales del bosque se desvivían por auxiliarlo y se producían diversas situaciones, no exentas del drama que implica en la vida silvestre "comer o ser comido". El libro era parte de una serie de diez títulos que ilustraba sobre los derechos del niño. Es uno de mis regalones y hace poco lo compartí con mi hija, que hoy tiene tres años.
Un poco más tarde vinieron lindas ediciones de los Cuentos de Andersen y Grimm, que encontrábamos con mi padre en los barcos librería que, de tanto en tanto, recalaban en mi infancia magallánica. Los libros venían de lejos y, con ellos, yo viajaba más lejos aún. Ya había descubierto el placer de quedarme sentada al sol leyendo tardes enteras. Pero aún no sabía que, en más de algún momento, la lectura sería también castillo, refugio y esperanza.
En uno de los veranos santiaguinos en casa de mis abuelos maternos, descubrí la colección de "Naricita", los notables cuentos del brasileño Monteiro Lobato. Tenía siete años y los devoré, uno tras otro. Fue la primera serie que leí completa. Los libros narraban las aventuras de una niña de mi edad, que vivía en una quinta en el campo con su abuela doña Benita, su empleada mulata a quien trataban como parte de la familia y su entrañable muñeca Emilia. La visita de su primo que vivía en la ciudad, o las largas noches de invierno, eran el pretexto perfecto para que doña Benita comenzara a contar alguna historia, la mayoría de las veces con fines educativos. Viajando al espacio con Naricita y su grupo conocí de planetas y cometas, también fue mi primer acercamiento a "El Quijote" en una deliciosa versión para niños.No sólo yo me encanté con la colección de "Naricita", tal como algún día se había encantado con ella mi madre. Mis hermanas y primos también gozaron con esos libros, al punto que mi primera sobrina lleva por nombre Emilia, recordando a la aguda muñeca de nuestros cuentos infantiles.
Pero mi conexión con las historias y los cuentos no se daba entonces sólo a través de la lectura. También por medio de las poesías que me recitaba mi abuela paterna, hija de inmigrantes croatas, así como por algunas canciones tradicionales y las propias historias familiares, de aquellos que habían cruzado gran parte del mundo conocido en sus tiempos para iniciar una nueva vida en tierras remotas, para nunca volver a sus raíces.
Alrededor de los diez años descubrí la biblioteca de mi colegio y pasaba en ella recreos enteros explorando entre sus estantes, donde descubrí verdaderas joyas olvidadas que contenían en sus amarillentas páginas cuentos que transcurrían en los páramos ingleses, llenos de magia y tradiciones. No recuerdo ningún título y me encantaría, para volver a recorrer esas historias.

Otro formato que tuve la fortuna de conocer tempranamente fueron las historietas. Recuerdo especialmente la colección de dos tomos empastados de "Epopeya" (SEA/Editorial Novaro), donde viajé en el tiempo a las maravillas del mundo antiguo, a la vida de las primeras civilizaciones, y a sitios tan lejanos de la Patagonia donde vivía, donde con el esfuerzo y la vida de muchos hombres se habían creado grandes obras de ingeniería que parecían imposibles, como los canales de Suez y Panamá. 
En otra línea, pero también de historietas, las aventuras del detective "Rip Kirby" (Alex Raymond) siempre cruzadas con alguna historia romántica, los deliciosos "Asterix y Óbelix" (Goscinny/Uderzo) siempre peleando con los romanos. Inolvidable el errante "Corto Maltés" en los perfectos dibujos de Hugo Pratt.
Ya entrando en la adolescencia, en mi biblioteca convivían títulos tan disímiles como "Las Crónicas de Narnia" de C.S. Lewis, "Carta a una desconocida" de Stefan Zweig, "Cuentos para Verónica" y otros de la argentina Poldy Bird, sumados a las maravillas de Julio Verne y la variedad que ofrecía el entonces popular "Club de Lectores Andrés Bello". Las historietas seguían ocupando un buen espacio: destacaban las viñetas protagonizadas por una aguda niñita argentina llamada Mafalda y los dibujos de Guillo, tan acordes a los tiempos que se vivían a fines de los '80.Tuve el privilegio de acceder desde muy temprano a un universo de libros amplio y variado, en el que se combinaron títulos educativos con otros meramente lúdicos. Sentí que en cada libro encontraba un mundo paralelo y, ya más grande, supe que la única manera de continuar siendo niña era seguir explorando esas realidades escondidas en los cuentos infantiles. Por eso, mi primer intento como mediadora de lectura estuvo orientada a la literatura infantil y juvenil, como autora de un libro que combina tres de mis grandes amores: mi sobrina Emilia, los cuentos infantiles y el Parque Nacional Torres del Paine.
Así, con el respaldo de Amanuta y el financiamiento del Fondo del Libro 2010 nació la guía infantil bilingüe "Descubre el Parque Nacional Torres del Paine", título que espero sea el primero de una serie destinada a que niños y niñas se conecten con la naturaleza para que, cuando sean adultos sientan la necesidad de proteger el patrimonio natural y cultural de nuestro país. También para que los niños y niñas de hoy, en su gran mayoría citadinos e hiper tecnologizados, exploren la realidad paralela de la vida al aire libre y en contacto con la naturaleza. A mi modo de ver, que disfruten al contemplar la inmensidad de los cielos o la belleza de las montañas, es la única forma de asegurar que todo aquello no se convierta para los niños del futuro en mera fantasía.


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